Y aun así no es más que un juego
Si me obligan a poner en palabras algo tan indescriptible como la sensación que me da subirme al escenario yo digo que es como entrar a rendir un parcial para el que estudié absolutamente todo y estoy confiado, pero diez millones de veces mejor. Actuar es como estar corriendo a toda velocidad, sabiendo que no tiene sentido detenerse, siendo consciente de cada movimiento, cada músculo y cada centímetro de la piel. Es tener el control sobre todo el cuerpo. Es estar en el lugar en el que tengo que estar.
Pero no se llega a ese momento sin un laburo previo de meses.
Primer sábado de ensayo. En el teatro musical, a la actuación se agregan las canciones y las coreografías. Me podré haber cagado de risa en esos momentos, pero la realidad es que al principio la diferencia de nivel es frustrante. No llegar a entender las coreografías y trabarse en la mitad de la música por olvidarse un paso es lo más jodido que hay. Pero con el tiempo, todo se va acomodando: de a poco voy empezando a entender cómo es el movimiento, adónde son las posiciones, y todo se va ubicando. De repente pasaron tres meses y el baile que tanto costaba el primer día ahora sale casi a la perfección. Y pasaron cuatro meses y hay una nueva coreografía que ya pude hacer de puta madre. Y termino jadeando, pero la satisfacción de que todo encaje no me la saca nadie.
Otro sábado: hay que montar las canciones. Los coros, los solos, las armonías. Calentar la garganta, tomar aire (PERO LA CANTIDAD JUSTA, no tomes aire demás) y poder dar la nota. Ahora la diferencia de nivel es al revés y soy yo el que se asegura de que cada uno esté afinado. Paciencia, Ilu. Practicá las melodías y mientras tanto ayudás al resto. Entonces pasaron cinco meses y las armonías están afinadas. Seguir practicando, mejorar la técnica, llevar el aire a la panza y no a la garganta.
Y faltando poco para el estreno, volvemos a hacer algo de actuación. Pero no se trata de repasar las escenas o de repetir textos: eso a secas no es teatro. No.
"Ahora van a jugar", nos dice nuestro director.
Y jugamos. Es moverse sin hablar. Literalmente es jugar como si siguiéramos en esa infancia que para casi todos ya se terminó hace al menos una década. A lo mejor gritamos un poco. Uno podría pensar que es una boludez, que no tiene sentido ponerse a jugar cuando tenemos una obra que preparar para dentro de menos de dos meses, pero estaría muy equivocado. Nos reímos un montón, lo disfrutamos, y lo más importante: nos miramos unos a otros. No hay noción del tiempo; en ese momento no hay que preocuparse por eso ni por nada. Es sólo dejarse llevar por lo mágico de la situación. Y no hay momento de break: la magia se mantiene para la pasada que sigue. Y por primera vez desde que empezamos, empiezo a sentir algo nuevo en cada mirada, en cada palabra y en cada paso que doy mientras ensayamos de corrido. Estoy ensayando con el papel que me asignaron, uno de los protagonistas. Llega la primera canción en la que canto una parte solo, y no me importa si desafiné en algún momento: la energía está en su lugar y la historia se está contando. Y un par de escenas después llega el otro tema, que hasta ese momento no me había dado cuenta de lo hermoso que es, y sale perfecto. El dueto sale perfecto. La conexión es perfecta. Y por primera vez desde que empecé a hacer teatro, estoy empezando a emocionarme.
Ese día, todo lo que hicimos fue jugar. Eso fue lo que cambió. Y cuánto cambió.
Falta menos de un mes. Faltan semanas, días, horas. Correr con las entradas e ir a ensayar con el vestuario preparado. Ya pasó todo lo demás, ya están todos los parciales aprobados y las materias regularizadas; ahora se vienen cuatro funciones. Dos en el ensamble, dos en el rol del compañero del protagonista.
Jueves: primera función en el ensamble. Bailar con todo, cantar los coros. Merece completamente la pena terminar el día sin aliento. Me preocupa mi garganta para el día siguiente.
Ya está, Ilu. Soltá el error.
Viernes: primera función con el rol que me asignaron. La intención está, y la garganta también (múltiples tazas de té mediante). Ya sabemos lo que salió bien y lo que no, y ahora es corregir esas boludeces y romperla. Contar la historia.
Domingo: doble función. Hoy se termina.
Me levanto de uno de esos sueños en los que sale todo mal (lo poco que retengo: estaba por empezar la función y no tenía puesto el vestuario ni el maquillaje). Mientras desayuno, miro hacia atrás y pienso en lo que significa todo esto. Un año entero de trabajo, de conocer a mis compañeros y compañeras de elenco, veinte personas completamente diferentes. Un año de formar vínculos, después de romper con tantos otros y después de numerosos momentos de mierda. Un año de bancarme la frustración y las ganas de volar todo por los aires para aprender y mejorar. Hoy tengo las últimas dos funciones por delante... ¿Y después?
Me empiezo a emocionar escuchando una vez más la banda sonora de la obra. Ya salió dos veces, quedan otras dos. No puedo evitar una risa nerviosa mientras suenan las notas de la primera canción y asoman algunas lágrimas en mis ojos.
Bueno, basta. Concentrate. Prepará las cosas y andá largando para el teatro.
Hay que dosificar las fuerzas, tanto de brazos y piernas como de garganta. Pasa la función de las 18, mi segunda en el ensamble. La garganta: regular. Todo lo demás: bien, aunque lleno de transpiración. Mucha agua, una toalla y preparar el otro vestuario. Se viene la última función.
Me toca ponerme en la piel de un personaje principal. Ya lo hiciste montones de veces en los ensayos. Ya lo hiciste una vez frente al público el viernes. Dejá los nervios y hacelo una última vez.
Soltá el error.
Contá la historia.
Conectate con el otro.
Salimos todos a escena. Empieza el tema principal de la obra. Sigue la primera escena y la siguiente canción. Como estaba pautado, salgo del escenario y voy directo a cambiarme. Unos minutos después, vuelvo a estar en escena.
-¿Señor Carlyle? -pregunta el protagonista.
-¿Quién pregunta? -contesto.
-Señor, yo soy Phineas Taylor Barnum.
En el escenario no existe frenar. Podré apurarme, pero no atrasarme. Aunque tal vez no se note desde las gradas, tengo el tronco duro de los nervios. Tengo que dejar fluir las emociones. Contar la historia. Lamento rechazar su oferta, señor Barnum, pero yo no me puedo ir así nomás para meterme en su circo. Cantamos el tema que hace un par de meses costaba tanto, y sale excelente. Puede haber una nota mal o dos pero no importa; de eso se quejará el público cuando salga de ahí. Ahora lo crucial es soltar el error.
Siguiente escena: Carlyle conoce al ensamble de fenómenos. Sigue haciéndose el grande, el famoso. Pero esa actitud dura poco tiempo más, porque de golpe:
-Señor Barnum, más noticias...
Anne entra con el diario y cuando levanta la vista lo ve a Carlyle. Esa mirada hay que sostenerla. Conectar con el otro. Ahí hay algo que cambia en el personaje hasta el final.
Sigo haciendo mi papel, y llevo a Barnum a conocer a la intérprete más famosa de Europa. Todos la escuchamos cantar y la aplaudimos de pie. De repente, Barnum manda a todos a cagar y se va, y yo lo sigo.
Ahora sí, Ilu. Se viene la canción jodida. Tomá agua. Que te chupe un huevo la garganta y el falsete.
Entro discutiendo con Barnum, hasta que me corta el rostro y se va sin que nadie le pueda decir nada. Carlyle y Anne finalmente intercambian palabras por un breve instante, pero deben volver a apartarse. Tomo aire y entono:
Que yo te quiero...
Pausa. Carlyle la busca con la mirada entre los integrantes del ensamble, esperando unos segundos antes de continuar.
...no es algo que pueda ocultar.
Empieza la pista. Soltá el error, si no podés hacer falsete vas a tener que forzar un poco la garganta. Mientras el resto de las personas en escena empiezan una coreografía, yo canto.
Empiezo a caminar hacia la actriz que interpreta al personaje del que se enamora el mío. Tengo que tener mucho cuidado para respirar, y no tengo tiempo de tragar en todo el estribillo. Voy para adelante, sin detenerme, ignorando el terror que me tensa el abdomen. Depende de vos, depende de mí... Llego al lugar. Frente a ella, termino de cantar el último verso.
La canción sigue, y todos menos yo cambian de posición. Ahora le toca cantar a Anne. Canta sola, pero tanto ella como los demás freaks siguen la coreografía. Por obvias razones, llega al estribillo con mucha más facilidad que yo. Nunca se marcó qué hacía yo en ese momento, así que me quedo en mi lugar, mirándola.
No tengo el poder, ni vos lo tenés... Se acerca el dueto, el momento clave. Trato de controlar lo más posible la respiración, mientras el ritmo cardíaco se me acelera: si hay una parte que tiene que salir bien es ésta. Al menos para Ilu.
Hoy yo quiero volar con vos...
Carlyle empieza a caminar. Anne se escapa, él la sigue.
Sólo quiero caer con vos...
Ambos se mueven entre los integrantes del ensamble, quienes permanecen inmóviles en ese momento que es sólo de ellos dos.
Yo quiero todo de vos...
Finalmente se encuentran.
Es imposible (no es imposible)...
Se acercan.
Es imposible...
Se toman de las manos.
¿Será posible?
Y en ese momento, en esos treinta segundos que dura el estribillo final, algo me atraviesa todo el cuerpo. Algo que nunca había sentido antes.
Anne y Carlyle. Ella y yo. Tomados de las manos, ahora abrazados, cantándose el uno al otro. Ya no importa si desafino. Todo lo que él ve, todo lo que yo veo, es su sonrisa. Sonrío, también. No recuerdo haber sentido una felicidad así antes. Me da igual que se me caiga el techo encima.
Es eso. Es eso lo que estuve buscando por tanto tiempo. Es eso lo que jamás había encontrado hasta ese instante, lo que me costó tanto tiempo entender.
Ese momento, ese último estribillo a dos voces, es perfecto.
Noto que me está tomando las manos, que yo todavía no despegué de su cintura. A la perfección le sigue una incomodidad tremenda. Te quedaste hipnotizado como un boludo, pienso para mis adentros. Trato de que no se note frente a los ciento y pico espectadores. La música se va apagando, y ella canta el final de la canción. Nos separamos, todavía sonriendo, y nos vamos en direcciones opuestas.
Sólo cuando estoy fuera de escena empiezo a razonar. Bajá la energía, Ilu. Respirá. Te vas a enamorar de una ficción. Pero ya pasó, ahora a terminar la obra.
Vuelvo a entrar un par de escenas después, pero ahora Carlyle está desesperado. Fuego. Fuego por todas partes.
El lugar se viene abajo y él debe encontrarla. La busca, la busca, la busco... No está. De repente, la ve. Corro hacia ella. Cuando me vuelvo hacia el público, la cargo en mis brazos. Doy un par de pasos hacia el frente, tratando de lograr que me responda, pero es tarde. Débil, Anne lo mira, alcana a pronunciar sus palabras finales... y respira por última vez.
El lugar se viene abajo y él debe encontrarla. La busca, la busca, la busco... No está. De repente, la ve. Corro hacia ella. Cuando me vuelvo hacia el público, la cargo en mis brazos. Doy un par de pasos hacia el frente, tratando de lograr que me responda, pero es tarde. Débil, Anne lo mira, alcana a pronunciar sus palabras finales... y respira por última vez.
Suena un piano suave de fondo. Se fue para siempre. Nunca me salió actuar una expresión de tristeza hasta esta escena. Lentamente camino hacia el fondo y, una vez oculto del público, bajo a mi compañera. Me tiemblan los brazos.
Silencio. Y entonces, un diálogo entre Barnum y quienes lo rodean. Su mundo quedó reducido a escombros, está solo y no sabe qué hacer. Pero siempre hay que tener esperanza. Lentamente camino al centro del escenario para empezar la canción final. Para Barnum y Carlyle es hora de dejar atrás la pena y resurgir; para los veintiún actores es hora de dejarlo todo en escena y disparar la energía en todas direcciones.
Termina la canción. Saludo final, y nuestros directores suben a hablar y a agradecer al público. Nos vamos de ahí felices. Me voy sintiéndome mejor que nunca. Ni siquiera cuando me voy a dormir, ya de vuelta en casa, me termina de caer la ficha sobre todo lo que acaba de pasar.
El teatro tiene que movilizar. Es el arte donde el humano se enfrenta a sí mismo. Tiene que producir un impacto, en el público y en el intérprete. Antes y durante estas pocas funciones me atravesaron sensaciones que nunca antes había conocido, sensaciones que me llenaron el cuerpo al punto de que lo peor que me pude llevar de ahí fue el vacío que surgió cuando todo se había terminado. Y aun así no es más que un juego; aun así es tan sólo una puta obra de teatro.
O quizás, al contrario, es mucho más que un juego.
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